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Máquinas reencarnadas (continuación)


El País Vasco y Cataluña son las dos comunidades más avanzadas en este terreno. En la comunidad autónoma vasca se reciclan estos residuos desde 1994. Por aquella época, algunas ciudades alemanas llevaban cinco años desarrollando diferentes fórmulas de recogida y reciclado, y en Nuremberg, Essen, Francfort o Berlín se habían instalado los primeros recycling höf (puntos limpios), que inspiraron los garbigunes vascos para pequeños electrodomésticos. Cataluña se sumaría en 1995; Andalucía y Navarra, en 2001, y el resto de comunidades, entre 2001 y 2004.
A las afueras de El Pont de Vilomara i Rocafort, un pueblo barcelonés de poco más de 3.300 habitantes que cuenta con una potente industria en torno al reciclaje, se encuentra TPA (Técnicas de Protección Ambiental), la primera planta para frigoríficos en España, y la única en funcionamiento en el momento en que se elaboró este reportaje, aunque ya había varios proyectos en marcha. Hasta allí va a parar una nevera de tantas, todavía con imanes como vestigio de su vida anterior. Procedente de una de las 267 deixillaries (puntos limpios) catalanas, espera su turno entre frigoríficos de todos los tamaños, congeladores industriales, viejas máquinas de refrescos y carritos de helados que abarrotan la nave, a pesar de no estar en temporada alta, que coincide con las vacaciones de Semana Santa y verano, cuando muchos vuelven a su segunda residencia en la costa y se encuentran que la nevera se ha picado.
Desde 1995, y con el respaldo de la Junta de Residuos catalana, esta planta trata un tipo de electrodomésticos que se diferencia del resto en que contiene gases tóxicos, los famosos CFC (clorofluorocarbonos). Juan Martínez Domene, jefe de planta, explica que el gas refrigerante se encuentra no sólo en la parte de atrás, en el vaporizador, sino también en las paredes aislantes, dentro de una espuma, el poliuretano, que se debe triturar al vacío. Está acostumbrado a contarlo. Cada año, unas treinta escuelas les visitan para ver cómo buena parte de un frigorífico viejo se puede recuperar. La divulgación es otra labor más de las modernas plantas de reciclaje, que suelen contar con aulas multimedia para enseñar cómo funciona un sector tan dinámico como desconocido.
Heladeras para reciclarEl proceso de reciclado de un frigorífico sigue un guión similar al del ordenador, con matices. Aquí, primero se extraen las bandejas, y el plástico sí se recicla. El desballestamiento de las diferentes piezas (motor, cableado eléctrico, tubos de cobre…) es manual, con herramientas especiales. Y a partir de ahí intervienen las trituradoras. Por ellas entran al año de 3.500 a 4.000 frigoríficos. De su material, un 90% se aprovecha. Ya antes de que existiera esta planta, los catalanes practicaban un rudimentario reciclado parcial, pues la rejilla trasera es muy cotizada como la mejor parrilla para cocinar los calçots (cebollas típicas de la tierra). Ahora, algunos estudiantes de ciencias ambientales acuden a recogerlas para fabricar placas solares artesanales con las que calentar el agua.
La espinita de Martínez Domene es el poliuretano, ese 10% que, libre de CFC, se tira a un vertedero cercano. Se podría utilizar como absorbente de grasa, pero todavía no ha dado con un uso que le termine de convencer, a él y a las industrias destinatarias.
No lejos de allí, en Molins de Rei, también en Barcelona, la clase de reciclaje continúa. “Esto antes era una chatarrería, pero ahora tenemos lo máximo en tecnología, una fragmentadora que sería capaz de tratar 1.000 toneladas de grandes electrodomésticos al día reduciéndolos a la mínima potencia”, proclama orgulloso Carlos Capdevilla, director de operaciones de Viuda de Lauro Clariana. Mientras, una lavadora, que ha llegado directa desde una gran cadena catalana de electrodomésticos, desaparece y va atravesando máquinas. En ésta es golpeada con martillos. En la de allá, una especie de imán atrae los materiales férricos y los separa del resto. A continuación pasa por una especie de criba en la que los distintos metales (cobre, aluminio, latón) quedan flotando según su densidad. En poco más de un minuto (sin contar el tiempo de descontaminación), la lavadora queda reducida a distintos montoncitos de hierro, por un lado, y aluminio, cobre y latón, por otro, metales cuyo precio fija el mercado de valores de Londres: de 100 euros por la tonelada de chatarra a 1.040 por la de aluminio. Una referencia en la que la fábrica lleva fijándose puntualmente desde que nació, hace medio siglo.
La pureza es de un 90%, y la longitud, de un milímetro. “Aquí se recupera hasta el hilo de cobre”, proclama Capdevilla, orgulloso. La planta, donde se tratan también vehículos fuera de uso, se ha tenido que adaptar a la normativa. Suelo impermeable, sistemas de insonorización y nueva maquinaria procedente de Dinamarca. Los países nórdicos son otro ejemplo en la gestión de residuos de electrodomésticos. Quizá su éxito radica, aparte de en la conciencia ciudadana, en que seleccionan en origen: ordenadores con ordenadores, frigoríficos con frigoríficos… fundamental para llevar mejor la cuenta de lo que reciclan.

Cada electrodoméstico tiene sus defectos: el ordenador, que su vida es muy corta. El frigorífico, en cambio, puede durar 15 años, pero contiene gases tóxicos. De la lavadora, al contar con un contrapeso de hormigón, sólo la mitad se puede reciclar. Poco a poco, los productores están sustituyendo las sustancias peligrosas, reduciendo el empleo de materias primas, avanzando hacia unos electrodomésticos más verdes. Adelantándose a la ley, pues en 2006 la UE prohibirá la fabricación de ordenadores y electrodomésticos con plomo, cadmio, mercurio, cromo hexavalente, bifeniles polibrominados o éter difenil, entre otras materias nocivas para la salud.
Sin embargo, existen residuos de electrodomésticos históricos (generados antes de la entrada en vigor del decreto, de los que los productores no están obligados a hacerse cargo) y huérfanos (importados o de fabricantes que quebraron o dejaron de funcionar). Muchas veces, los electrodomésticos son canibalizados por depredadores informales, o maltratados en el transporte. Por ejemplo, en la planta de El Pont de Vilomara no es ninguna sorpresa comprobar que el circuito de refrigeración llega sin los gases tóxicos. Otra barrera al reciclaje es el efecto tesoro: nuestra tendencia a guardar en el trastero aparatos que no nos sirven para nada. En total, unos 90 millones, sobre todo, pequeños electrodomésticos. Si los lleváramos a un punto limpio, se recuperaría una cantidad de metales suficiente para fabricar 450.000 nuevas lavadoras.
“El reciclaje es una solución: quizá la menos mala, pero no la mejor”, apunta Enrique Montero, que dirige los Círculos de Innovación y Tecnología de la Universidad de Cádiz. Para el profesor, habría que atajar desde el principio, implantando una adecuada educación ambiental, acabando con el consumo desaforado y la cultura de usar y tirar. “Por desgracia, muchas veces sale más barato comprarse un electrodoméstico nuevo que repararlo, pero no debería ser así”. El profesor aboga por la reducción (eliminando, por ejemplo, las campañas de cambio de móviles por puntos) y la reutilización en países del Tercer Mundo, teniendo cuidado, eso sí, de no caer en la generosidad basura.

Con la nueva ley, que habla de residuos de aparatos domésticos, no de empresas, el consumidor pagará el coste del reciclado, que puede ir de 0,50 euros por una batidora a 18 por un frigorífico. A cambio, el fabricante se hace cargo de todo el proceso y se compromete a invertir en investigación y desarrollo de cara al desarrollo sostenible. España se ha adelantado a otros países como Francia, Reino Unido, Alemania o Italia a la hora de transponer la directiva europea, aunque para cumplirla deberá conciliar los intereses de tres ministerios, 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, productores y distribuidores (de los que todavía se está elaborando el registro oficial), y nueve sistemas integrados de gestión pendientes de la autorización de las comunidades autónomas. Una burocracia que explica la dificultad para valorar qué se tira y qué se recicla a día de hoy, pues el baile de cifras, dependiendo de la fuente de la que proceda la información, es considerable.
El objetivo para 2006 es recoger y tratar adecuadamente cuatro kilos de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos por habitante y año, menos de la mitad de los que se estima que producimos. “Adecuadamente” quiere decir que no se contamine más por reciclar más. “No se trata de ser fanáticos del reciclado”, subraya José Ramón Carbajosa, director general de Ecolec. “Se podría llegar al 100% de valorización, pero sería contraproducente”. Carbajosa defiende el ahorro energético en cada una de las fases, empezando por el transporte. Se debería utilizar un mismo vehículo para trasladar los electrodomésticos viejos y los metales recuperados, e intentar que el camino entre la planta de reciclado y la que utiliza sus materiales fuera el más corto.

Otro camino, el de la concienciación, se anuncia largo. En España, sólo el 11% de los residuos eléctricos y electrónicos (los de mayor incremento anual) se recicla, frente al 28% del resto de residuos de las grandes ciudades. Hacen falta más puntos limpios, más céntricos, con mejores horarios. Más campañas informativas.
En lugar de terminar sus días oxidados en un vertedero, como les habría ocurrido hace pocos años, el ordenador, el frigorífico y la lavadora protagonistas de este reportaje han tenido la oportunidad de reencarnarse, por ejemplo, en nuevos electrodomésticos. Lo ha hecho posible la magia del reciclaje, al que muchos califican ya como “la minería del siglo XXI”.

El Pais Semanal - 06-11-2005

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